Me llamo Mª Carmen, aunque casi todos me llaman Mamen desde que mi padre para distinguirme de mi madre empezó a usarlo. Nací hace casi 22 años en Cartagena, desde entonces siempre he vivido aquí. Me encanta el olor a mar de la Calle Mayor y el olor a gasolina del puerto. A veces cuando paseo por el centro tengo la sensación de que el maestro Álvarez Alonso se encuentra sentado en la puerta del Casino escribiendo Suspiros y que a la vuelta de la esquina voy a escuchar el “do,fa” que tanto me ha hecho sufrir para poder afinarlo. Reconozco que para mí Cartagena tiene un encanto especial.
Soy la pequeña de la casa, me llevo 11 y 7 años con mis hermanos. Los tres fuimos al mismo colegio y aunque cuando yo entré mi hermano ya estaba en octavo recuerdo que siempre subía el último del recreo para verme y darme un trocito de su bocadillo que siempre era de nocilla. Recuerdo el olor a plastilina, pintura de dedos y plastidecor de parvulitos como si aun me sentara en mesas y sillas verdes y pequeñísimas. En mi barrio solo hay dos colegios y si no ibas a uno no tenías más remedio que ir al contrario. La lucha entre ambos era continua y a las cinco y media cuando terminaban las clases siempre se oía “pelea, pelea, pelea” coreado por “los mayores” que se peleaban con los de José María de la Puerta (el otro colegio). El sitio de las peleas era detrás del colegio, en el pabellón para que los profesores no pudieran vernos y amenazarnos con un expediente como siempre hacían.
Hay cosas que no cambiaria nunca de mi infancia como las clases magistrales que me daba mi abuelo para aprender a jugar al dominó o las tardes en el parque y las noches de verano jugando a la “pillá” o al “cabreo” en la calle. Me gustaba jugar a las muñecas, como a casi todas las niñas, pero odiaba jugar a ”las seños” ese juego en el que tu nunca eres la señorita y por tanto solo recibes ordenes de tu amiga la mandona que siempre era mucho mas rápida que tu y elegía ser la seño incluso antes de jugar. Me encantaba jugar a ser dependienta, me hice una caja registradora con una caja de zapatos, hacia hojas de pedidos y mi habitación se convertía en unos grandes almacenes. Algo más mayor me salio la vena empresaria; un verano y unos hilos me dieron para mucho, mil pesetas por noche era lo que conseguíamos al vender unas 15 o 20 pulseras. Ésta es una de esas cosas que haría de nuevo si volviera a nacer, como también volvería a pasar 4 tardes a la semana en una clase durante 3 horas; 7 años no es tiempo suficiente para aprender. Allí conocí lo que es el esfuerzo, aprendí a superarme cada día cuando Pascual me gritaba “Mª Carmen haz presión con el diafragma y llega que tú puedes”. Y aunque de primeras mi oído no fuera de lo más fino y todos me ponían cara rara cuando les decía que había elegido el trombón, yo podía y pude. Todo pasa y todo queda y lo que queda deja mucho mejor sabor de boca que las broncas por hablar, por llegar tarde o por no estudiarme la obra.
Pase por dos institutos diferentes dejando en el primero muchos momentos inolvidables. Con 15 años me fui de intercambio a Paris y en un mes aprendí más de lo que había aprendido en toda mi vida. Siempre tuve claro que quería estudiar periodismo, por eso cuando llegue a segundo de bachiller y vi que había conseguido todo cuanto me había propuesto me propuse este reto en el que ahora me encuentro. Me encanta ir de compras y escuchar mi canción favorita tirada en la cama, me encanta el chocolate y las chucherías no podría estar mas de un mes sin probarlos, odio madrugar pero tengo la mala costumbre de acostarme muy tarde. Soy muy impuntual y algo desordenada pero raras veces pierdo la sonrisa. Me gusta como soy, aunque sea demasiado alta, muy habladora y bastante tozuda. Si he llegado hasta aquí ha sido porque en mi vida se han cruzado personas de todo tipo, pero todas y cada una me han hecho ser como soy, me han ayudado o me han jodido y aunque han habido palos, también debo agradecerlos porque lo que no te mata te hace más fuerte.
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